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miércoles, 3 de julio de 2013

La herejía cátara

El catarismo, como religión, es mucho más desconocido que otras religiones también perseguidas y extinguidas, y esto se debe a la falta de documentación escrita al respecto: ellos mismos, ante el temor de ser descubiertos por la Inquisición, quemaron sus textos sagrados, y los que sobrevivieron fueron pasto de las llamas inquisitoriales.

Así, para conocer lo esencial de esta doctrina hay que basarse en el Libro de los dos principios, que data de mediados del siglo XIII (posterior, por tanto, a la caída de Montségur). Este manuscrito se compone de 7 tratados: La creación, los Signos Universales, y el Resumen para ignorantes fundamentan la teoría de la dualidad y su cosmogonía; el Tratado del libre Arbitrio y Del libre arbitrio niegan la libertad humana y el libre albedrío para elegir entre el bien y el mal; Contra los garatenses combate el dualismo moderado; y por último De las persecuciones recoge textos del evangelio para justificar y explicar el sentido de las persecuciones que estaban sufriendo.

Lo que parece indudable es que el catarismo fue el más importante de los movimientos religiosos disidentes que se dieron en la Edad Media. Sus seguidores distinguían dos iglesias: por un lado la iglesia de Roma, oficial, poderosa y mundana, alejada de los preceptos evangélicos y que luchaba por consolidar su poder por encima incluso de los soberanos; por otra parte, la que ellos consideraban la auténtica iglesia de Cristo: consecuente con los principios evangélicos y víctima de la persecución que Jesucristo había anunciado. 

Veamos cuáles son los principales puntos por los que esta doctrina fue tildada de herejía:

  1. El dualismo cátaro: frente a la idea católica de que hay un solo Dios padre, creador del cielo y la tierra, los cátaros defienden la existencia de dos principios originarios, opuestos e irreconciliables: un Dios bueno, autor de los espíritus, del bien y del Nuevo Testamento, y un Dios malo (Satanás) autor de la materia, el mal y el Antiguo Testamento. Así, hay, por lo tanto, dos creaciones: el paraíso, que es la creación del Dios verdadero, y es eterna e incorruptible, y el mundo terrenal (con todo lo que contiene: el universo, el mar, las montañas, los animales, las plantas, los seres humanos), que es la del diablo, y por ello es vano y corruptible. De esta manera, los humanos no son sino unos cuerpos de carne creados por Satanás como prisión en la que habitan los ángeles caídos del paraíso, que están condenados a permanecer ahí encarcelados para siempre.

  1. Su concepto de Jesucristo: para los cátaros Jesucristo es un espíritu, un ángel adoptado como hijo por Dios al que dota de apariencia humana y envía a la tierra con una doble misión: la de arrancar a los ángeles caídos del olvido permanente en el que vivían y la de ofrecer a los hombres el sacramento de la salvación (el consolamentum). Al ser un ser divino, no habría podido sufrir y morir en la cruz.


  1. Su idea del salvación y del más allá: los hombres, tal y como hemos visto, no son sino espíritus, y si al morir han recibido el consolamentum no es que con ello alcancen el paraíso, sino que recuperaran su condición de ángeles de luz y resplandecerán como el sol en el reino de su padre. Por esta razón, para los cátaros no existe el Juicio Final (el fin de la humanidad se producirá cuando se salvé el último de los espíritus encarcelado dentro de un cuerpo humano) ni tampoco el infierno (que es la propia tierra, y por ello debe ser destruida y regresar a la nada de donde surgió).

  1. La reencarnación: para liberarse de su prisión carnal y recuperar su naturaleza angélica, se debe pasar un largo proceso de purificación que, generalmente, no se consuma en una única vida. Por ello, las almas deben transmigrar hasta purgar sus culpas y purificarse. Después de la muerte, el hombre y la mujer se convertían en un único sexo, como una especie de andrógino perfecto. El alma viajaba de un cuerpo a otro, sin importar que fuera de un animal o de un ser humano.

  1. Su idea del pecado: Para los cátaros vivir es, necesariamente, pecar puesto que el pecado es el propio mundo creado por ese dios maligno. Sin embargo, y a pesar de que los perfectos renunciaban a todos los placeres carnales, no pedían lo mismo a sus seguidores: estos podían vivir en la opulencia e incluso con un exceso de sensualidad, siempre y cuando no se olvidaran de los pobres, se arrepintieran de haber pecado, y fueran sinceros con ellos mismos y con los demás. (Al recibir el consolamentum al creyente le serían perdonadas sus faltas sin tener que someterse a ningún tipo de penitencia).
Suprimieron para sus fieles algunos pecados del mundo, puesto que para ellos “era posible pecar siempre que no se tuviera conciencia de estar haciendo algo malo”: el de usura para los comerciantes, y el del amor para las mujeres (No daban tampoco ningún valor al sacramento del matrimonio, y lo consideraban un simple concubinato).

  1. La negación de la transubstanciación de la carne: antes de comer, realizaban la ceremonia del pan de la santa oración, una partición ritual del pan al estilo de la antigua comida comunitaria que se celebraba en las iglesias cristianas primitivas. Sin embargo, negaban la transubstanciación: es decir, la conversión durante la Eucaristía del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, y por ello su ceremonia del pan no tenía un carácter eucarístico, sino un simple acto de fraternidad y de recuerdo de los gestos de Cristo durante la última cena.


  1. Otras diferencias con la Iglesia de Roma: los cátaros no tenían templos, no veneraban imágenes ni reliquias ni querían saber nada de la cruz, no entonaban cantos religiosos, y, lo más importante, no cobraban diezmos a sus feligreses: consideraban las bulas e indulgencias católicas como un medio de extorsión a los fieles. Además, leían los textos bíblicos en la lengua del pueblo, para conseguir que su predicación fuera más próxima a estos pero también más eficaz.
Si quieres saber más sobre El enigma de los cátaros, su vida y costumbres y cómo fue la cruzada contra ellos, escucha este post:


miércoles, 13 de febrero de 2013

Mentes perversas de la historia: Barba Azul y Elizabeth Bathory



El barón Gilles de Rais (Barba Azul)

Gilles de Laval nació en 1404 en el seno de una de las familias más ricas y poderosas de Francia. A los 16 años se casa con su prima, Catalina de Thouars, incrementando de esta forma su ya enorme fortuna, y poco tiempo después toma las armas junto a Juana de Arco, combatiendo a favor del rey Carlos IV.

Hasta ese momento Gilles era uno de los nobles más ricos de Europa, conocido por su elegancia y su belleza. Pero la captura de su protegida, Juana de Arco, que acabó siendo quemada en la hoguera, supuso un shock para él, que llegó a abandonar a su familia encerrándose en el castillo de Tiffauges, negándose a tener relaciones sexuales con ninguna mujer e iniciando su carrera criminal, en un intento de desafiar a Dios por haber permitido la muerte de Juana.

Se dedicó a organizar en sus castillos lujosas fiestas cuyos gastos pronto comenzaron a mermar su fortuna, y para subsanarlo se aficionó a la Alquimia e instaló un laboratorio en el que trabajaba sin descanso buscando la piedra filosofal que le permitiera transformar los metales en oro. Frustrado en sus propósitos, acabó despidiendo a magos y alquimistas, que le costaban una fortuna, quedando bajo su manto solo unos pocos, que le persuadieron de que sólo con la ayuda del Diablo (a quien llegó a nombrar heredero en su testamento) podría conseguir el oro que necesitaba: este fue el móvil de su primer crimen, que pese a resultarle fallido en el intento de convocar a Satanás, le sirvió para descubrir su pasión secreta: la tortura, violación y asesinato de niños, llegando a matar, según dicen, a más de 200.

En 1438 comenzó su carrera criminal, capturando a muchachos de los alrededores de su mansión y a mendigos que se acercaban hasta allí a pedir limosna. Eran violados y descuartizados por sus servidores, conservando después sus restos y su sangre con fines mágicos. El propio barón participaba en aquellas masacres, fingiendo compasión por los chicos que estaban siendo torturados, a los que abrazaba y consolaba para ganarse su confianza, y una vez lograda les cortaba el cuello y acto seguido violaba el cadáver.

Otra de las cosas que mayor placer le provocaba era conservar las cabezas decapitadas de sus víctimas, embellecidas por un artista de su séquito, que peinaba sus cabellos y enrojecía sus labios y mejillas. Cuando tenía un número suficiente de ellas, celebraba una especie de concurso de belleza con sus amigos, y con la cabeza ganadora practicaban la necrofilia.

Las constantes desapariciones de niños comenzaron a levantar sospechas sobre él, pero el hecho de que fuera tan poderoso impidió que nadie tomara cartas en el asunto hasta 1440, cuando el duque de Bretaña ordenó abrir una investigación que conducirá a su detención en Machecoul varios meses después. Cuando registraron su propiedad, encontraron los cuerpos despedazados de 50 adolescentes, y el barón de Rais fue acusado ante la justicia por haber torturado y asesinado entre 140 y 200 muchachos.
La ejecución de Gilles de Rais (Biblioteca Nacional de Francia)

A pesar de que para conseguir una confesión se le sometió a todo tipo de torturas, solo la amenaza de excomunión fue capaz de conseguirlo, y al mes de haber sido detenido confesó el placer que le había producido decapitar a sus víctimas, golpearlas, besar voluptuosamente sus cadáveres y deleitarse con aquellos que le resultaban más hermosos o con miembros más atractivos. Según dijo, lo que más le excitaba era sentarse en sus estómagos y ver cómo agonizaban lentamente. También afirmó que no había actuado instigado por otras personas, sino que siguió el dictado de su imaginación con el único fin de procurarse placer carnal.

Pocos días después, en el amanecer del 26 de octubre de 1440, fue conducido, junto a dos de sus cómplices, a un descampado, donde fue ahorcado y quemado en la hoguera. Murió pregonando su arrepentimiento y su fe cristiana y sus restos fueron depositados en una iglesia de las carmelitas en Nantes.

La condesa Elizabeth Bathory

La condesa sangrienta, como es también conocida Elizabeth Bathory, es otro personaje histórico que presenta muchos rasgos en común con Barba Azul: ambos tenían predilección por la sangre (incluso se bañaban en ella) y el sexo, ambos pertenecían a la nobleza y ambos eran homosexuales, por lo que elegían a sus víctimas entre jóvenes su propio sexo. Sin embargo, Elizabeth es una de las pocas mujeres asesinas en serie de la historia, que llegó a matar a 650 muchachas.

Elizabeth Bathory nació en 1560 en el seno de la aristocracia húngara, en una familia conocida desde antaño por su afición a la magia negra y a la alquimia, practicantes de brujería y adoradores de Satán. Casada muy joven, con tan solo 15 años, con el conde Nadasdy, cuyas obligaciones militares lo mantenían alejado de su esposa, esta, recluída y aburrida en su castillo de los Cárpatos, comienza pronto a mantener relaciones sexuales con dos de sus doncellas, y a interesarse por temas esotéricos, hechicería y magia negra, de donde sacará la idea (a través de su vieja nodriza) de que si se bañaba con sangre de doncella podría conservar eternamente su juvenil belleza.

               
Al poco tiempo de fallecer su marido, la condesa comenzó a hacer sus macabros experimentos, siendo su primera víctima una de sus doncellas, a quien mandó que le cortasen las venas y metiesen su sangre en una bañera para bañarse en ella. A partir de ahí, obsesionada por conservar su juventud, comenzó a recorrer los Cárpatos en un carruaje, en busca de muchachas a las que sacrificar. La llevaba a los fríos sótanos de su castillo y allí eran encadenadas y acuchilladas, desangrándolas para llenar su bañera macabra. Tomaba su baño, y al salir ordenaba a sus sirvientas que le lamiesen la piel salvo que quisieran ser torturadas y asesinadas.

La condesa era también aficionada a beberse la sangre de sus víctimas, y con sus huesos  se realizaron experimentos alquímicos durante 11 años. Muchos de los cuerpos eran arrojados al campo para que las alimañas acabasen con ellos, siendo encontrados por los aldeanos, que acudieron al emperador para que tomara cartas en el asunto. Este, al principio, no los toma demasiado en serio, pues al fin y al cabo la Condesa pertenecía a una familia muy poderosa, pero finalmente envía a sus soldados, que irrumpen en el castillo en 1610, encontrando el cuerpo pálido y desangrado de una mujer en el suelo del salón, el de otra que había sido salvajemente azotada, desangrada y quemada, y el de otra que había sido torturada y desangrada pero que aún estaba viva. También encontraron una cincuentena de cadáveres en los alrededores, a gran cantidad de muchachas en los calabozos y a la Condesa y sus secuaces en medio de uno de sus sangrientos rituales.

Elizabeth Bathory fue detenida, y en el juicio confesó haber asesinado a más de 600 jóvenes, con cuya sangre se había bañado para conservar su juventud y belleza. Confesó también que le seducía el olor de la muerte, la tortura y las orgías lésbicas, y fue condenada a muerte, siendo emparedada en el dormitorio de su castillo; por una pequeña ranura le daban agua y algo de comida para mantenerla con vida, permaneciendo así durante cuatro años, cuando deja de comer y fallece. Era el año 1614, y la condesa tenía entonces 54 años.

Si te interesa el tema de los asesinos en serie reales, personajes de la historia de todos los tiempos que han dejado huella por su crueldad, no dejes de escuchar este audio:





Y de leer esta novela, verdaderamente escalofriante:

Número Puk

viernes, 28 de diciembre de 2012

El tema de la muerte en la Baja Edad Media


Consecuencias sociales de la Peste Negra: un cambio de mentalidad

La gran mortandad que dejó diezmada la población de Europa tuvo como principal consecuencia psicológica un ambiente de temor y de tensión en la gente. En una sociedad mediatizada por la religión, la mayoría de la población consideraba que la voluntad de Dios era la causa última del fenómeno, y ello conllevará una serie de consecuencias sociales:

a.             Una mayor religiosidad ante esa crisis, traducida en actos de piedad masivos y en una verdadera avalancha de donaciones. Por otra parte, también los ritos fúnebres se van a ver afectados: se hacen entierros masivos y con prisas, descuidándose estos ritos, sin velatorios, empleando fosas comunes (tema recogido, por ejemplo, en El Decamerón), etc.
b.            La idea de que hay que disfrutar de la vida, ya que ni la oración ni la penitencia acaban con la enfermedad. Se incrementan, por tanto, los vicios, los crímenes, la promiscuidad y el derroche.
c.             Pérdida de la fe y aumento de las prácticas supersticiosas, que rayaban en el satanismo y la brujería, y que van a generar intolerancia y persecución.
d.            Antisemitismo: consecuencia de ese clima de intolerancia religiosa, que provocará también actitudes radicales y desesperación.

De esta manera, la angustia ante la muerte se afrontará de dos maneras opuestas que van a verse reflejadas en la literatura:

  1. Por un lado, retirarse del mundo, preparándose para morir bien (la buena muerte) y ganar la vida eterna.
  2. Por otro lado, apurar la vida al máximo aferrándose a los placeres mundanos.

Boccaccio será un testigo ocular de la Peste, y en su famoso Decamerón describe su impacto en la ciudad y cómo esta sucumbe a pesar de los esfuerzos y precauciones de unos habitantes cuyo miedo al contagio hará que incluso los médicos examinen a los enfermos manteniendo la máxima distancia posible.

El Decamerón presenta una supuesta reunión de siete mujeres y tres hombres, que entretienen el ocio forzoso en una finca, en donde se han recluido para huir de la Peste, contando cuentos: es una obra desenfrenadamente inmoral, lo que permitió una difusión fuera de lo común.

El tema de la muerte en la literatura española de la Baja Edad Media

La muerte era un tema siempre presente para el cristiano medieval, y eso se va a ver incrementado en este momento, tomando su aspecto más terrorífico y apareciendo sin previo aviso. Su presencia se convierte en obsesiva en el arte, la  literatura y todas las manifestaciones culturales posteriores a 1350.

No obstante, el primero en presentar la idea de que nadie está libre de ella y de que llega inesperadamente y sin dar explicaciones es el Arcipreste de Hita, que presenta en su Libro del buen amor una actitud ante la muerte un tanto rebelde y crítica: Si se lleva por igual a justos y pecadores, es INJUSTA.

A partir de esta obra es cuando la muerte comienza a cobrar protagonismo. El pesimismo ante la vida, el sentimiento de culpa y la idea de que la inevitable muerte es un castigo por los pecados cometidos se va a manifestar en una connotación negativa de la muerte, que se presenta como algo macabro, y en el sentimiento de que el mundo es anciano y va empeorando hasta su inevitable final. Sin embargo, como la muerte es igual para todos y se lleva por delante tanto al rico como al pobre, autores como Don Juan Manuel incluyen en sus obras lo que puede considerarse un consuelo para los más desfavorecidos: todos pueden salvarse si viven de acuerdo con su condición de noble, eclesiástico o campesino.

En la misma línea, Jorge Manrique habla en sus Coplas del poder igualatorio de la muerte, y de que la vida es efímera (tempus fugit) y puede acabarse en cualquier momento, por lo que hay que hacer buenas obras y arrepentirse de los pecados, preparándose así para el buen morir.

Este cambio de mentalidad del que estamos hablando supuso pasar de concebir la muerte como una buena muerte (Berceo), una muerte que no es dramática sino que es un paso a la otra vida que es la verdadera vida del cristiano, a verla como un castigo por nuestros pecados, y es lo que va a dar origen al surgimiento en la literatura y el arte de los temas macabros, las Danzas de la muerte y el Ars moriendi:

-          Las primeras se basan en el aspecto terrenal más temido de la muerte: la descomposición física. La imagen de la muerte como un esqueleto con un traje como el de los monjes de color negro y una guadaña viene también de aquí.
-          El segundo es un conjunto de textos escritos en latín que contienen consejos y procedimientos sobre cómo morir bien según la ideología cristiana de finales de la Edad Media.

De esta manera, en la literatura cortesana del siglo XV coexiste el miedo a la muerte (fomentado por esa visión macabra y terrorífica de las Danzas) con la preparación para una buena muerte y la esperanza de que con elle se inicie una vida mejor (fe en la salvación del alma).

Otra forma de enfrentar el miedo a la muerte: el Carpe Diem y el desprestigio del clero.

La otra forma de enfrentarlo es, tal y como hemos visto, aferrarse a los placeres mundanos y disfrutar de la vida, lo que llevará a recuperar el famoso tópico horaciano del Carpe Diem. Durante la Edad Media, este tópico es entendido como “vive el momento porque vas a morir pronto”, mientras que en el Renacimiento se entenderá como “vive el momento porque vas a envejecer pronto”.

El texto más característico que refleja dicho cambio es La Celestina, libro a quien Cervantes consideró “divino si encubriera más lo humano”: divino por su calidad artística, pero excesivamente humano por su amoralidad, ya que en él el ser humano, dejándose llevar por las pasiones, parece moverse en un mundo sin Dios. La obra ha sido también estudiada como un compendio de amor material de tono estrictamente pagano que ofrece un cuadro de la sociedad renacentista: sus miembros buscan la individualidad y el deleite y miran sólo por sus propios intereses.

La cuestión del clero.

En el ambiente de culpa y miedo que se genera tras la Peste Negra es muy influyente la actitud de los predicadores, que exhortan a sus fieles a llevar una buena conducta y ser buenos cristianos, y explicaría también el auge de la venta de indulgencias para el perdón de los pecados.

El incremento brutal del número de víctimas mortales y el miedo al contagio al administrarles los últimos sacramentos tuvo también dos importantes consecuencias en el terreno religioso:

  1. se abrió el acceso al sacerdocio a personas sin verdadera vocación, puesto que también el clero fue diezmado por la Peste y, sin embargo, se había incrementado la demanda de sacerdotes.
  2. Estos se descuidaron también en sus obligaciones, corrompiéndose y buscando un beneficio económico en sus acciones: mayor número de misas para reducir el tiempo de espera de las almas de los seres queridos en el purgatorio, y la citada venta de indulgencias.

Todo ello va a suponer el desprestigio del clero y el cuestionamiento de su autoridad, comenzando a manifestarse también en la literatura voces críticas hacia este estamento, tal y como sucede, por ejemplo, en la poesía goliardesca (ya conocida en el siglo XII) y posteriormente en El Lazarillo de Tormes.

Los goliardos eran clérigos vagabundos de vida irregular y también estudiantes pobres y pícaros, en cuyas obras, de carácter satírico y escritas principalmente en latín, criticaban a la iglesia y ensalzaban el vino, la taberna, el juego, las mujeres y el amor erótico.

Conocidos en España como sopistas, son también el origen de la Tuna y entre sus obras más célebres figuran los Carmina Burana: colección de poemas reunida hacia 1255 en Baviera, de los que Orff seleccionó los más representativos y les puso música en 1937.

Para saberlo todo sobre la pandemia de la Peste Negra o Peste Bubónica y sus consecuencias, pincha aquí:

viernes, 9 de noviembre de 2012

Inocencio VIII: El Papa que abrió la caza de brujas con su bula "SUMMIS DESIDERANTES AFFECTIBUS"



BIOGRAFÍA

Giovanni Battista Cibo, nacido en Génova en 1432, hijo de un senador romano y con muy buenas relaciones dentro de la Curia, inició su carrera eclesiástica al entrar al servicio del cardenal Calandrini. A los 35 años fue nombrado obispo y a los 41 cardenal. En agosto de 1484 lo eligieron papa, y ese cargo lo ocupó hasta su muerte en 1492.

La vida personal de éste Papa puede ser cuestionable, desde el punto de vista católico actual, ya que era viudo y, padre de ocho hijos reconocidos, dos de ellos extramatrimoniales: al hijo varón lo casó con   Magdalena de Médicis y lo instaló en el Vaticano. A la hija, la emparentó también por matrimonio con la familia del tesorero papal. Se dice también que su apoyo a la misión de Cristóbal  Colón pudo venir motivada por el hecho de que éste fuera también hijo bastardo suyo. Los rumores que apuntaban a que Inocencio tenía una legión de hijos de las más diferentes mujeres le valieron el chiste de ser llamado “Padre de Roma”.

Entre las grandes gestas de Inocencio VIII figuran su bendición a la coronación de Enrique VII, padre de Enrique VIII, su decreto contra los magos y las brujas que luego comentaremos, elegir a Tomás de Torquemada como Gran Inquisidor, conceder a Isabel y Fernando (reyes de Aragón y Castilla) el título de “Católicas Majestades”, canonizar a Catalina de Suecia y llamar a la Cruzada contra los Valdenses, exhortando a la masacre sin perdón (hay que tener en cuenta que fueron condenados por considerar la Biblia suma autoridad para un cristiano y por denunciar la inmoralidad del clero, oponiéndose duramente al dominio de los sacerdotes. En 1487 Inocencio VIII alentó su exterminio, lo que constituyó el primer golpe en la batalla contra la brujería).

Durante los últimos meses de su vida, vivió gracias a la leche que mamaba de una mujer. A principios de 1492, se sabe que padecía de insuficiencia renal crónica, que lo mantenía críticamente enfermo. Sus médicos habían agotado todas las terapéuticas de la época, basadas, sobre todo, en sangrías, encontrándose el paciente a las puertas de la muerte. En ese momento apareció en Roma un "médico judío", según unos o, “un místico", según otros, que ofreció una solución innovadora: cambiar la sangre del viejo Papa "por la de jóvenes plenos de vigor y salud".  De esta manera, se contrató a tres niños de 10 años, pagando a sus familias un ducado de oro a cada una, para extraerles la sangre y dársela de beber al pontífice. Los resultados de esta curiosa transfusión fueron catastróficos, pues tanto el Papa como los niños fallecieron.


SUMMIS DESIDERANTES AFFECTIBUS (Deseando con la más profunda ansiedad)

El papa Inocencio VIII va a ser una figura clave en la historia de la brujería, pues fue quien el 5 de diciembre de 1484 promulgó el documento que abrió la puerta a la persecución: la bula titulada Summis desiderantes affectibus.

Aquelarre de Francisco de Goya
En el año 906  se publicó el Canon Episcopi, un documento eclesiástico destinado a los obispos que contiene abundantes referencias sobre la brujería. Su nota más destacada consiste en negar la existencia de las brujas como realidades físicas efectivamente existentes, y considerar que se trata de imaginaciones impías. El hecho de creer en las brujas era considerado herejía en este documento, que incluía, además, muchos testimonios de mujeres poseídas por el diablo y los primeros testimonios de la existencia del shabath.(aquelarre). Esta tendencia racionalista se mantuvo hasta el siglo XIII y la aparición de la Inquisición.

En la bula de Inocencio VIII se invierten los términos que acabamos de ver, pasando a considerarse una herejía el no creer en las brujas. La bula derogó el Canon Episcopi, reconoció la existencia de las brujas y abrió el camino a la persecución indiscriminada de todo aquel sospecho de tener tratos con el diablo.

En ella, el Papa se lamenta de la falta de apoyo que sufren los dos inquisidores dominicos designados por él, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, pues ni clérigos ni laicos estaban convencidos de que la brujería fuera un delito ni de que estuviera muy extendida por Alemania. A partir de su promulgación, todos tendrían que colaborar en las investigaciones inquisitoriales, so pena de que cayera sobre ellos “la ira de Dios todopoderoso”.

Basándose en este documento que incluyeron como prólogo, estos dos inquisidores publicaron en 1487 el famoso Malleus Maleficarum (Martillo de las brujas) libro que constituyó la autoridad suprema invocada en todos los procesos de brujería hasta mediados del siglo XVII. Tanto en los países católicos como más tarde en los protestantes, las brujas fueron perseguidas y condenadas hasta en el siglo XVIII, como consecuencia, directa e indirecta, de la Bula Summis desiderantes.


RESUMEN DE LA BULA

Inocencio, obispo, siervo de los siervos de dios, deseando con la más profunda ansiedad que aumente y florezca la Fe Católica en todas partes, y que sea expulsada de las tierras de los creyentes toda depravación herética, proclamamos los medios y métodos por los que puede cumplirse nuestro objetivo cristiano.

Ha llegado a nuestro conocimiento que en los últimos tiempos muchas personas han mantenido relaciones con demonios, íncubus y súcubos, y por medio de encantamientos, hechizos, conjuros y otras supersticiones malditas y terribles embrujos, monstruosidades y delitos, matan y destruyen, torturan y acosan, impiden que los hombres engendren y las mujeres conciban, reniegan blasfemamente de la Fe que recibieron con el Bautismo y no se privan de cometer las abominaciones y excesos más infames, poniendo en peligro su alma, con lo que ofenden a su Divina Majestad y son motivo de escándalo y peligroso ejemplo.
Vuelo de las brujas, de Vaud

Y aunque a nuestros amados hijos, Heinrich y Jacob, se les ha conferido en Cartas Apostólicas la tarea de inquisidores de estas depravaciones heréticas, no pocos clérigos y laicos no tienen reparo en asegurar pertinazmente que no se practican tales monstruosidades.

Por consiguiente, deseosos de eliminar cuantos obstáculos y cortapisas impidan la tarea de los inquisidores, así como de poner remedios consistentes para prevenir la enfermedad de la herejía y otras infamias que propagan su veneno para destruir las almas inocentes, en virtud de nuestra autoridad apostólicas, decretamos y ordenamos que se otorgue potestad a los mencionados inquisidores para proceder a la corrección, encarcelamiento y castigo de cualesquiera personas que hubieren cometido tales abominaciones y monstruosidades.

Y rogamos a nuestro hermano, el obispo de Estrasburgo, que anuncie nuestra bula y no permita que ninguna autoridad los moleste o ponga impedimentos, desobedeciendo estas cartas, amenazando a quienes lo hicieran con la excomunión, el interdicto y otros castigos, penas y censuras aún más terribles, si así lo considerare conveniente y sin derecho de apelación.

Que ningún hombre se oponga a esta declaración, y si alguno osare hacerlo, que sepa que sobre él caerá la ira de Dios todopoderoso y de los santos Apóstoles Pedro y Pablo.


viernes, 26 de octubre de 2012

Las brujas de Salem


Los procesos por brujería de Salem tuvieron lugar en el estado norteamericano de Massachusset entre los años 1692 y 1693. Era una época de incertidumbre política, con una población sometida a impuestos exorbitantes, ataques continuos de los piratas a los comerciantes y enfermedades que causaban estragos, como la viruela. Además, sus habitantes se disputaban la propiedad de la tierra y vivían dentro del estrecho mundo evangélico: el clero administraba las leyes de Dios y de la tierra, nadie ponía en duda la creencia en lo sobrenatural y todas las desgracias que sucedían eran atribuidas a Satanás.


El origen de los juicios de Salem está en un grupo de jóvenes que se reunían en casa del reverendo Samuel Parris para escuchar las historias tradicionales de las Indias Occidentales que les contaba Tituba, la esclava del clérigo. Entre ellas se encontraban Elizabeth Parris, la hija del clérigo, y Abigail Williams, su sobrina, que quedaron tan impresionadas por dichas historias que comenzaron a sufrir ataques, con sollozos y convulsiones incontroladas.

En realidad, las jóvenes, de sólo 9 y 11 años, educadas en ese asfixiante clima evangélico, lo que hacían era manifestar un comportamiento rebelde y desafiar al mundo de los adultos con una actitud de desobediencia y anarquía: arrojaban la Biblia de un extremo a otro de la habitación, interrumpían las oraciones poniéndose a chillar y patalear… Estos comportamientos, en una sociedad tan puritana, eran considerados como obra del Demonio, y a los adolescentes rebeldes, por tanto, como seres embrujados.

La histeria se desató, contagiando a otras jóvenes de la localidad, como Ann Putmann,  que comenzaron a sufrir también ataques. Las cabecillas del grupo eran un grupo de 8 muchachas, entre los 12 y los 20 años de edad, que fueron calificadas por uno de los acusados como “ocho perras brujas”.

Muy pronto, las jóvenes comenzaron a acusar de brujería a sus vecinos, siendo precisamente Tituba, la esclava negra, la primera inculpada y la primera en declarar ante los jueces que “los espectros de los vecinos intentaban ganarlas para la causa del diablo”. A ella le siguieron aquellas personas más débiles o las que generaban más antipatía entre la comunidad: una mendiga, una tullida casada en terceras nupcias, mujeres que tenían hijos ilegítimos, etc.


El proceso por brujería en Salem se iniciaba con un interrogatorio por parte del juez, que preguntaba a los acusados sobre el espíritu diabólico con el que había firmado un pacto,  por qué hacía daño a las niñas y qué o a quién utilizaba para ello. Como con estas cuestiones no se conseguían las pruebas necesarias para poder condenar a los acusados, se dio entrada a otros medios de prueba:
-               Los ataques que sufrían las jóvenes durante los juicios, así como las predicciones que ellas mismas realizaban.
-               La prueba espectral: una víctima inocente aseguraba que el espíritu o espectro del sospechoso les atormentaba.
-               La prueba del tacto: cuando las chicas sufrían ataques, los sospechosos se colocaban en fila y las tocaban. Si se calmaban, la persona que las había tocado era bruja.
-               La tortura y la intimidación.
-               Las confesiones en cadena de los acusados

150 personas fueron acusadas durante los procesos. De las cuales sólo se procesó y condenó a muerte a 31. No ahorcaban a las víctimas de Salem por decir que eran brujos, sino precisamente por lo contrario: por negarlo, pues la confesión equivalía al indulto. Por ello, de los 150 acusados confesaron 55, con el fin de obtener el perdón.

Diez años después de las ejecuciones, los jueces reconocieron la terrible actuación del tribunal y expresaron el deseo de aceptar su responsabilidad y pedir perdón, apoyando la petición de rehabilitación para los brujos supervivientes (que seguían expuestos a la infamia y la vergüenza pública). El Tribunal Supremo ratificó la ilegalidad de las pruebas espectrales y en 1711 cambió la situación legal de 22 de los treinta y un condenados. La rehabilitación de quienes no tenían ni parientes ni amigos tuvo que esperar 150 años, y en 1957 se redimió definitivamente a quienes no habían sido incluidos en actas anteriores.

Los procesos constituyen un buen ejemplo de cómo pueden desmoronarse la mente y la voluntad bajo las presiones de la cárcel, las preguntas capciosas y las torturas y por ello se ha utilizado tanto en política como en literatura como una advertencia contra los peligros del fanatismo religioso, las falsas acusaciones y la intromisión de los gobiernos en las libertades individuales.

Para saber más: